La Iturriaga era un primor.
Un solete de mujer.
A las internas nos adoraba.
A todas pero yo era su enchufada.
Ese amor desinteresado la llevó
a presentarse por las noches
y decirme lo que me iba a preguntar
al día siguiente.
Ese fue el comienzo de mi salvación.
Al llegar a su clase me preguntaba
yo lo decía y ella parecía asombrarse
de lo bien que lo sabía
y me alababa con efusividad
y las niñas se extrañaban
pero yo me sentia la mujer más feliz
del mundo.
Dorita.
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