Los niños de Rucandio
me cogieron el punto.
Empecé a ser blanco
de sus juegos.
En cuanto veían que bajaba
por la pindia calle de la Iglesia
♾️ alguno salía a mí encuentro
explicándome cual era mi último pecado.
Yo para el por si a caso a casa
de D.Domingo a confesarme.
Las confesiones se hacían
en la Iglesia.
Los dos en buena armonía
a subir por unas cuestas de cabras
hasta llegar a la Iglesia
desde cuya barbacana
se contempla tanto el pueblo
como las tierras de cerezos y manzanos.
Le tenía harto.
Muchas veces me convencía
de que no tenía pecados.
Otras probaba a tocarme el acordeón
para ver si me tranquilizaba.
Esta faceta no la conocía
nadie en el pueblo.
Dorita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario