Hay algo que no se me puede pasar
por alto.
Entre los guardas forestales
había una familia
que vivía en una casa solitaria
encima de unos terreros de Caholin.
A unos cinco o seis kilómetros
de Rucandio.
Apareció un buen día por casa
justo el verano anterior a mí partida.
Allí se quedaron un día de cháchara
y le trajeron a mi madre
una mantelería bordada
por la mujer de aquella casa.
Al final,
me hicieron irme con ellos allí.
Al fin del mundo.
Supongo que se imaginaron
que eso me facilitaría la adaptación
a vivir fuera.
Terrorífica experiencia.
Dorita.
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