lunes, 1 de diciembre de 2025

Escrito 19

 Hay algo que no se me puede pasar

por alto.

Entre los guardas forestales 

había una familia 

que vivía en una casa solitaria

encima de unos terreros de Caholin.

A unos cinco o seis kilómetros 

de Rucandio.

Apareció un buen día por casa

justo el verano anterior a mí partida.

Allí se quedaron un día de cháchara

y le trajeron a mi madre 

una mantelería bordada 

por la mujer de aquella casa.

Al final,

me hicieron irme con ellos allí.

Al fin del mundo.

Supongo que se imaginaron

que eso me facilitaría la adaptación 

a vivir fuera.

Terrorífica experiencia.

Dorita.

No hay comentarios:

Publicar un comentario