Me encantaban los relojes.
Teníamos en la cocina uno
que lo faltaba la esfera de cristal.
Las manecillas al descubierto.
Era de los de dar cuerda
todos los días.
Como era viejecito,
cada vez le costaba más
y la cuerda duraba menos.
Mi abuela le ayudaba colocando ajo
en el centro donde se unían
las manecillas.
Duró hasta que mi padre trajo de Oña
uno nuevo.
Juntó mi madre los puntos
que venían en las cajas de detergente
y con un poco de dinero
lo consiguió.
Dorita.
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